Africanos en Mar del Plata, historia de inmigrantes en tiempos de refugiados

Cada año, cientos de jóvenes del continente africano llegan a Mar del Plata escapando de guerras y miserias. De dónde vienen, con qué sueñan y qué piensan del país los vendedores de bijouterie que coparon la ciudad.

Cuando se creó la Unión Europea, el flujo social y económico hizo que se necesiten de recursos humanos y, en ese marco, como muchos países africanos eran colonias, sus ciudadanos tenían la invitación a emigrar. Pero a partir de distintas crisis, desde el año 2002 en adelante, se empezaron a cerrar las fronteras en Europa del Sur. Así, la migración africana comenzó a volcarse hacia América Latina. Entre el año 1995 y 1998 comenzaron a aparecer en Argentina los primeros refugiados africanos de la zona de Senegal, donde había un conflicto armado. Luego, llegaron de países que limitan con el océano Atlántico, como Nigeria o Ghana. Por último, la segunda ola de inmigración se da en el período 2005-2006, pero ya con los llamados ‘migrantes económicos’.

En este contexto, sería un error decir que de pronto Buenos Aires se llenó de inmigrantes negros cuando hace 200 años, en aquel histórico 1810, el 33% de la población argentina tenía sangre africana. Lo que sí es evidente, es que en los últimos años, centenares de hombres jóvenes de Senegal, Nigeria, Camerún, Liberia y Sierra Leona, entre otros orígenes, cruzaron el Atlántico huyendo de guerras o de penurias económicas y ahora, de este lado del océano, su presencia salta a la vista. Cada día ellos buscan su lugar en avenidas transitadas de Buenos Aires, abren sus portafolios, despliegan las lonas y montan rudimentarias tiendas para ofrecer lo poco que hasta ahora la ciudad puede darles para sobrevivir: bijouterie y accesorios aptos para la reventa por 30, 50 o a lo sumo 100 pesos que les den sustento.

David, un senegalés de Dakar que habla buen español y, aunque no lo admite, se comporta como líder de un grupo, contó que “la mayoría somos refugiados que buscamos asilo para evadirnos de los conflictos en nuestras tierras, es decir, sentimos miedo a ser perseguidos por razones de raza, religión o pertenencia a determinado grupo social”.

Sobrevivir en Buenos Aires

Los “Afro-Porteños”, como ellos mismos suelen denominarse, son hombres menores de 40 años que llegan a Buenos Aires sin sus familias y por insistencia de amigos que ya están instalados en la ciudad. Allí, encuentran en la venta ambulante una estrategia de supervivencia. Estos inmigrantes se dedican al comercio de alhajas, joyas y accesorios que no fabrican ellos, sino que compran al por mayor en Once o traen de San Pablo. Tampoco se dedican a comerciar artesanías propias de su país.

Sin embargo, la venta ambulante no es el único trabajo que desarrollan. En algunos lugares de Capital Federal, como en el barrio de San Telmo, se instalan en locales a la calle donde enseñan danzas afro o arte africano.

Más allá de que los inmigrantes africanos llevan su oficio de mercaderes ambulantes por diversos puntos de la ciudad, su campo de gravitación se concentra en los alrededores del Obelisco. A cada paso, la avenida Corrientes les hace un lugar para la actividad comercial en la zona más frenética de la ciudad. “Argentina es un país que nos permitió dedicarnos al trabajo, donde encontramos nuestro espacio y negocio. Algo poco común en los países africanos”, explicó David.

Los vendedores ambulantes viven experiencias buenas y malas, estas últimas se dan porque hay personas que no están acostumbradas a convivir con extranjeros, con idiomas y religiones diferentes. “Es cierto que todos hemos sufrido algún caso de discriminación y experiencias no deseadas, pero si Argentina fuese un país hostil, no habría un flujo migratorio como el que existe”, continuó.

Temporada de verano en Mar del Plata

En los últimos diez años, se puede observar a los “Afro-Porteños” recorrer las playas de Mar del Plata, sumándose a los ya famosos heladeros y churreros, formando una nueva comunidad. En las playas del Centro, en especial La Popular, a la altura de la rambla del casino, se venden en forma ambulante panchos, bebidas, ensaladas de frutas, y de las otras, bikinis, shorts, ojotas, sombrillas, bronceadores, reposeras, hamacas, etc.

Los africanos se diferencian de estos vendedores no sólo por su aspecto, sino porque no fuerzan la voz hasta la ronquera para vender su mercadería. Sólo la muestran, a veces con una sonrisa y un gesto oferente al potencial comprador. Pocos hablan castellano, sin embargo, no es el desconocimiento del idioma el motivo por el cual no vociferan sus productos, ya que podrían repetir el nombre por fonética. Simplemente se trata de un estilo de vender menos invasivo.

La mayoría dejan sus puestos en los barrios porteños de Once y Congreso y se trasladan a Mar del Plata con sus delgadas valijas de madera que transforman en mesas cargadas de relojes, aros, anillos y otros accesorios. La rutina es siempre la misma: todos los lunes buscan en la terminal de ómnibus la mercadería que colegas de Capital les envían para abastecerlos.

Este hombre de 33 años que a los 30 vino para Argentina reveló algunos detalles de la estadía de los vendedores ambulantes en la ciudad. Por ejemplo, en Mar del Plata son alrededor de 250 senegaleses y más de 1500 en Buenos Aires. Y agregó que todos trabajan para ayudar a sus familias en África. “Argentina es un buen lugar para vivir, pero no es nuestro país y algún día debemos volver”. Uno de los motivos es la dificultad para obtener documentación que les permita trabajar.

Otro africano de la comunidad le cocina a todo el grupo: arma bandejas para que sus compañeros almuerzen y se tomen un merecido descanso debido a la exposición al sol y al calor. “Buz cocina comida africana y nos vende a buen precio. Los platos se llaman ‘yasa’ y ‘tiabuiap’: consisten en arroz blanco guisado con cebolla, aceitunas, morrón y carne de vaca. “Muy energéticos”, precisó David. “Somos musulmanes y no comemos carne de cerdo ni tomamos alcohol. La gente de acá dice que somos grandotes y muy altos. Es porque comemos esa comida”, aseguró con orgullo en referencia a los típicos platos de su región.

Aunque la cercanía del mar les trae recuerdos del Atlántico en su país, aclaró que no están veraneando. “No podemos disfrutar del mar. Trabajamos a veces de 7 de la mañana a 8 de la noche. Quizás en marzo descansemos un poco como turistas”.

 

¿Qué ciudad preferís para trabajar? ¿Mar del Plata o Buenos Aires?

-Me quedo con Mar del Plata. Acá camino mucho y tengo la ventaja de ir viendo donde hay más o menos cantidad de personas. Comienzo en la Rambla a la mañana y después voy a Varese. Luego sigo a pie o en colectivo para el sur. En cambio en Buenos Aires estoy muy quieto con mi puesto y dependo de la cantidad de gente que pase por la cuadra.

Alioune, de 27 años y escaso español, relató sentado al lado de su mesa cargada de bijouterie que lleva seis meses viviendo en Buenos Aires y que a Mar del Plata llegó a principios de diciembre. “Yo quiero estudiar economía, pero voy a la UBA y me dicen que ni lo intente porque no tengo DNI. Casi todos entramos por Brasil porque nos resulta fácil conseguir una visa y viajar a San Pablo. Después ingresamos por la frontera delictivamente. Yo sé que está mal, pido perdón, pero queremos trabajar y pagar impuestos”, se sincera.

Años atrás, era más común que les sobrara dinero para enviar a sus familias, pero “ahora difícil, poca ganancia. La crisis llegó para todos”, resumió Alioune.

¿Por qué elegiste Argentina antes que otros países?

Alioune: Argentina es un país de inmigrantes y no hay racismo por suerte. Sé por amigos que fueron a Europa que ahora está muy duro allá.

En eso… Omar, su colega, se suma a la charla. Habla en Wolof, pero sorprende su perfecto español.

Omar: De chiquito, cuando empecé el colegio, Maradona ganó el Mundial. Me acuerdo que iba siempre a la escuela con una remera con el 10. Ustedes tienen a Diego, a Messi… Es un buen país para vivir.

Con más o menos detalles, todos cuentan la misma historia de miserias que los forzaron a emigrar, su duro pero alegre presente y coinciden también en una ilusión: volver al pueblo, a la familia, al fútbol en la calle, a la novia… El sueño de casi todo exiliado.

+Info

La Ley Migratoria Argentina resultó ser una norma ejemplar y envidiada por países de avanzada. La misma permite que los migrantes puedan acceder a la residencia, la cual puede ser transitoria, temporaria o permanente. Para ello, los extranjeros que ingresan a la Argentina deben cumplir ciertos trámites. El primero es el ingreso (por aire, agua o tierra) al país. Allí, ante Migraciones, expresan no tener documentación y que temen volver a su país, donde existe una amenaza contra su vida, su integridad y su libertad. Lo siguiente es completar un formulario para poder quedarse en la ciudad. En ese momento pasan a ser solicitantes de refugio y se les otorga un permiso provisorio para que puedan moverse. Tanto los refugiados como los solicitantes de refugio reciben durante, a lo sumo, seis meses, una ayuda económica para pagarse el alojamiento en un hotel familiar y la comida. Cuentan con asistencia médica y psicológica, si fuera necesaria, y pueden tomar clases para aprender español a partir de lenguas puente, como son el francés y el inglés. Quienes finalmente obtienen el estatus de refugiados pueden seguir en carrera por la tan compleja vía de la integración social y el DNI, con una “precaria” en el bolsillo, que les permite trabajar. Mientras que los rechazados pasan a ser inmigrantes comunes y dejan de recibir la ayuda.

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