Basura

Por Pablo Salgado/ 

El Padre Hugo en la homilía habla de ellos. Nos recuerda que cada semana, van los voluntarios de la pastoral del basural, hasta el predio de disposición final de residuos, y comparten un rato, comida, apoyo escolar, entrega de ropa, un trámite, un alimento, el cuidado de la salud, las necesidades de los niños.

También nos dice el Padre Hugo, con información de primera mano, que cada vez son más. Abuelos, padres, madres hijos y nietos, se meten dentro de las montañas de basura, fruto de lo desechable de cada ciudadano del Partido de General Pueyrredón. En realidad, de todos no, porque para tirar basura, antes hay que tener algo, y descartar una parte. Y cada vez hay más gente que no tiene. Y si no tenés, no desechás, no generás basura. Ahí es donde la basura ajena pasa a ser tu bien propio. Tu ingreso, tu capital, tu comida, tu vida.

Luego de escuchar al Padre Hugo, pregunto, converso, consulto. Hasta hace unos meses, había un grupo de aproximadamente 150 personas que recuperaban objetos, comida, lo que sea, de la primera montaña de basura que se formaba en el playón del basural. Hoy, los curas, voluntarios, vecinos, y quienes se atreven a ir, hablan de más de 300 personas.

La semana pasada protestaron y cortaron la ruta, cansados de los incendios, la falta de atención, el retiro de la provisión de agua, y de la pala que despeja el playón para que familias enteras sigan recuperando lo que llega de los camiones, que traen nueva y flamante basura.

El sistema funciona así: Todos los camiones domiciliarios tiran la basura en un gran sector. Allí aparecen cerca de 300 personas, ciudadanas y ciudadanos como vos y yo, muchos con domicilio declarado en el mismo basural. Sí, viven ahí, alrededor de la montaña de desechos, y dentro del humo de los incendios. Todos comienzan a hurgar, extraer, y recuperar lo que pueden. Luego, las maquinas deben limpiar el lugar, y tirar aquello que no fue recuperado, al terreno del predio nuevo. Es fundamental también que despejen la zona con una pala mecánica, para que los camiones vuelvan a tirar nueva basura, para continuar el proceso. Se trabaja de día y de noche, y alrededor las familias levantan precarias viviendas para mantenerse cerca de la basura que permitirá su subsistencia.

Los problemas surgieron porque no se cumplía con las premisas mínimas: no les daban agua, la pala no corría los restos no recuperados, aparecían focos de incendios que no eran apagados, porque en realidad generan espacio, pero al mismo tiempo contaminación, todo en el marco de un basural que todavía no remedió lo viejo, y está trabajando en un predio nuevo. A todo esto se suma la falta de iluminación, inseguridad, la competencia que operarios, policías, y otros, les hacen, tomando lo más “preciado” de la basura, antes que ellos.

Sobre fin de año, algunos colegios de la zona sur, del puerto, del Barrio Las Avenidas, organizan grupos, preparan viandas, y se acercan a dar una mano. Una directora me cuenta que, al regreso, a los estudiantes les invade un profundo silencio. Algunos lloran callados, otros se quedan serios, nadie habla. El impacto para esos jóvenes es muy fuerte. No hace falta ir hasta la India, o meterse en lo profundo de África, para encontrar la verdadera extrema pobreza: con una visita al basural, con una pasada por Monte Terrabusi, encontraremos el mismo escenario. No es pobreza extrema, es la nada de la nada, el perderlo todo, el vivir al minuto, no al día, el saber y sentir que no hay red, no hay cuidado, no hay ni estado, ni empresa, nada. Sólo la solidaridad, las pastorales del basural de cada parroquia. Ellos parecen ser  los únicos grupos que verdaderamente asisten a estas familias de manera contínua.

Vivir de la basura. Vivir en la basura. 300 personas revuelven toda nuestra basura. Lo que tiramos, desechamos, abandonamos. Niños y viejos, entre la mugre mayor, el humo inundando los pulmones, las alimañas, las heridas, son el tarro vacío, sin orejones.

Hartos, quemaron gomas y cortaron la ruta. Antes del finde largo, llegó el acuerdo. Hasta que vuelvan a abandonarlos. En realidad, nosotros somos la mayoría cómplice que no los registra, que sólo sabe de ellos si no se puede pasar por un camino, cuando vamos con los cuatri a Miramar, o cuando el humo y el mal olor llegan hasta el centro, y cuando no retiran nuestra basura de la puerta de casa. En ese instante comenzamos a preocuparnos.

Pero ya está. Todo se ha solucionado. Hoy, mañana, y siempre, el 24 y el 25, el 31 y el 1, familias enteras meterán sus manos en aquello que hemos desechado, limpiaremos nuestras culpas con algún pan dulce y alguna sidra, donaciones que dejaremos en una iglesia. Brindaremos nosotros, en la mesa familiar,  limpios, perfumados, y con los mejores vestidos. Brindarán ellos revolviendo nuestra basura, nuestras miserias.

Ángel pertenece a un gremio que acompañó el reclamo de las familias la semana pasada pidiendo condiciones más dignas de vida y trabajo. Me corrige, me aclara que todos los días hay 300 personas revolviendo la basura, pero que algunos días llegan a ser 500. Dudo, insisto, las contaste? Sí, son 500. Quinientas, en números o en letras, son muchas, demasiadas.

Un pueblo. Hay pueblos en la provincia que ni llegan a los 500 habitantes. Tenemos un pueblo nuevo, que en realidad está desde hace años, pero que crece rápidamente en estos días: el pueblo del basural.

Está naciendo, todavía no le asignaron ni código postal, ni delegada municipal, ni sucursal de banco. Parece que no hace falta.

Para los católicos, entre tanto árbol, Papá Noel, regalos, salidas, menúes, y encuentros, se nos pasa lo principal: celebrar a un Dios que se hace hombre, y nace en la nada misma, en la pobreza, para salvar al mundo, para enseñarnos a dar la vida por el otro, para que todos sean uno.

Hoy, María debe andar preparando la cuna, porque no, cerquita del predio. Hoy, Jesús nacería en el medio del basural, para demostrarnos una vez más, que nosotros también vivimos revolviendo nuestra propia basura de banalidad, de consumismo, de superficialidad, de estupidez, de egoísmo.

La Madre Teresa sentía que cambiaba el mundo, curando a un pequeño grupo de enfermos que la rodeaban, un poco más de diez, y nos invitaba a hacer lo mismo. General Pueyrredón tiene más de 700000 habitantes. Es hora de salvar a nuestros 500. Pero no, hay otras prioridades, hoy el tema que nos preocupa es ganancias.

Si como sociedad no podemos ponernos de acuerdo, y cambiar la calidad de vida de las familias que revuelven toda nuestra basura, no tenemos remedio. Esta debe ser nuestra prioridad, el primer punto de la agenda. El cartelito más grande del tablero de gestión. El tema ha tratar en el concejo, el discurso número uno del intendente, el comunicado de los bloques, la gacetilla de los lobbistas, la obsesión de cada marplatense.

Y si no es así, seremos víctimas de nuestro propio destino, la miseria moral será nuestro techo, y terminaremos siendo lo mismo que envolvemos, arrojamos, o ponemos cada día en la vereda: basura.

 

 

 

 

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